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Lo que se nombra existe

Por el 2015 cursé una asignatura llamada Tipología de los conflictos contemporáneos y el profesor que la impartió nos dijo que el primer paso para analizar un conflicto era situarlo en el mapa; debemos identificar el país, el territorio; localizarlo para poder desgranar las relaciones geopolíticas que de ahí se suceden. Podemos decir que lo que no está en el mapa no se nombra y de esto deducimos que lo que no se nombra no existe. Quizá por esta razón hace dos años Google, el gigante tecnológico estadounidense, decidió borrar a Palestina del mapa; todo apunta a que el apoyo a Israel tiene algo que ver en esta maniobra y que ese posicionamiento contribuye a violar tratados internacionales.

Algo parecido pasó en 2014 cuando escribíamos Mezquita de Córdoba y la búsqueda nos llevaba a ‘Catedral’; de nuevo el borrado como intento de invisibilizar a uno de los monumentos más importantes del mundo islámico declarado como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1984.

Si traigo estos ejemplos aquí es para constatar la importancia de ser nombradas para existir y de cómo según la forma de aparecer tendremos un determinado papel, ocuparemos una posición dominante o dominada y ejerceremos un poder o seremos privadas de tomarlo.

Decimos que el lenguaje es poder porque tiene la capacidad de crear la realidad y si esto no fuese cierto no habría tantos señores académicos al borde de un ataque de nervios cada vez que las mujeres -también académicas- decimos que no nos sentimos representadas por el masculino genérico o denunciamos en algunas ocasiones un uso sexista del lenguaje.

Es curioso cómo hace diez años la que fue Ministra de Igualdad, Bibiana Aído, soltó un “miembras” que sirvió para que en los días posteriores no se hablase de otra cosa; lo mismo ocurrió unos meses atrás cuando Irene Montero decidió usar la palabra “portavozas”; de aquí han salido numerosas explicaciones recurriendo al étimo de la palabra y más burlas hacia las mujeres y hacia el feminismo. Burlas como las que presenció Rafaela Pastor, Presidenta de la Plataforma de Apoyo Al Lobby Europeo de Mujeres cuando hace 25 años llamó feminarios a unos encuentros de teoría, debate y reflexión acerca de la teoría feminista; cuenta que eran llamadas por la prensa “las locas de los feminarios”. Desde entonces, esta cita feminista anual forma parte de la agenda feminista de Córdoba y ahora también queda reflejada en los libros de texto de bachillerato.

El lenguaje nos invisibiliza, a las mujeres, claro. Por ello en la final de una gala donde hay tres mujeres finalistas, anuncian al “ganador”. Es tal la magnitud del problema que algunas mujeres cuando están en una mesa de debate donde solo hay mujeres, enfocado en una huelga feminista organizada por mujeres, por los derechos de las mujeres y en el marco del Día Internacional de la Mujer, se refieren a ellas mismas bajo un “nosotros”. Por cierto, recordando acontecimientos relevantes, la histórica y multitudinaria huelga feminista vivida el pasado 8 de marzo fue organizada, insisto, por las mujeres que forman el movimiento feminista aunque la prensa hablara de “organizadores”. Aunque estos ejemplos me parecen muy significativos podría anotar algunos más vividos recientemente en un Congreso acerca de las Mujeres y la Comunicación donde algunas periodistas seguían utilizando para ellas mismas el masculino genérico.

La toma de conciencia en el uso del lenguaje es determinante para abordar las violencias hacia las mujeres y en este sentido seguimos siendo invisibilizadas ante un sinfín de titulares que nos presentan muertas cuando somos asesinadas.

Precisamente enfocados en la punta del iceberg algunos intentan darnos lecciones y pautas sobre la hoja de ruta de nuestra lucha, para advertirnos que los asesinatos son lo importante y que no deberíamos perder el tiempo con las formas del lenguaje, que para esto está la RAE; esa institución convertida en norma suprema que lo sabe todo.

Pretenden que hagamos caso a una institución que en 300 años de existencia solo ha aceptado a 11 mujeres, siendo en la actualidad mayormente constituida por hombres, donde de 46 miembros solo 7 sillones son ocupados por mujeres (miembras). Un organismo que mantiene en sus sillas a unos señores que se revuelven en las letras que representan cada vez que las feministas queremos subvertir el orden en unos usos del lenguaje donde se olvida a la mitad de la humanidad; un lenguaje que transmite ideología y que desde esa forma de pensar se constituye el machismo que termina matando.

De esta manera aún seguimos leyendo que ‘Jueza’ en su sexta acepción es “la mujer del juez” o que ‘sexo débil’ es “el conjunto de mujeres”; y si buscamos la palabra ‘mujer’ en el diccionario nos toparemos con algunas acepciones peculiares que identifican a la mujer como “criada”, “esposa”, “seductora y peligrosa”, por su “belleza y atractivo” y sobre todo, dándose en 4 acepciones, como “prostituta”.

Asimismo el diccionario de la RAE recoge la palabra ‘misoginia’ como “aversión a las mujeres”. En este punto nosotras resignificamos el término para aclarar qué significa realmente la misoginia y cómo está instalada en el imaginario de la sociedad en general y en los distintos ámbitos en particular, también en la academia.

Misoginia es ninguneo, desprecio, invisibilización. La misoginia la encontramos en un libro de texto que nos habla de una generación de literatos y artistas que a pesar de haber contado con numerosas mujeres pintoras, poetas, novelistas, ilustradoras, escultoras y pensadoras las dejó en la sombra para ser rescatadas con el tiempo sin ruborizar lo más mínimo a quienes las han ocultado incluso en nuestros días. Misoginia es ver carteles de festivales de música y observar que, por ejemplo, de 30 artistas solo 3 son mujeres. La misoginia también está en los congresos de columnistas en los que el descaro de despreciar a la mitad de la humanidad se traduce en cero representación de mujeres. Son misóginos los programas de debate que no cuentan con la opinión de expertas en sus tertulias y es misógina una institución que impide la entrada a mujeres, manteniendo el ambiente rancio y machirulo que sus académicos intentan perpetuar con petulancia desdeñando las capacidades de sus compañeras.

A propósito de sacarle las vergüenzas a este espacio de las letras que no nos representa y exigiendo una deconstrucción para acabar con la misoginia que destila cada uno de esos sillones, el colectivo Entraremos lanzó un comunicado pidiendo “la disolución inmediata de la RAE”, recordándonos a tres mujeres a las que les cerraron las puertas.

Encontramos así a la primera mujer en postularse candidata como fue Gertrudis Gómez de Avellaneda, una escritora prolífica que nos dejó novela, poesía y obras teatrales; a Emilia Pardo Bazán, una escritora comprometida con el progreso y precursora del feminismo, que recibió tres portazos de la academia a la que sus académicos le dedicaron las palabras que todas las mujeres escuchamos diariamente en estas actitudes misóginas como son “puta, gorda o fea”; obteniendo de otro académico como Juan Valera el siguiente argumento para denegarle una silla: “su trasero no cabría en un sillón de la RAE”.

También quedó fuera nuestra admirada María Moliner; historiadora, bibliotecaria y filóloga; republicana, librepensadora y creadora de un diccionario que en palabras de Gabriel García Márquez “tiene dos tomos de casi 3.000 páginas en total, que pesan tres kilos y viene a ser, en consecuencia, más de dos veces más largo que el de la RAE, y, a mi juicio, más de dos veces mejor”. El escritor cuenta que lo empezó a escribir en una cuartilla y con un lápiz. No obstante no fue digna de entrar en la Academia de la Lengua; una academia que la rechazó de la misma manera que ella rehusó a aceptar un premio que la RAE le quiso otorgar en 1973 por sus trabajos realizados “en mejorar la lengua”.

Llegó el triunfo de la Moción de censura y tras un cambio de gobierno se empezó a hablar de “Consejo de Ministras” ya que el nuevo ejecutivo está integrado por once ministras y seis ministros; no obstante, algunos miembros de la RAE se vuelven a indignar ante tal despropósito en el uso del femenino. El masculino genérico no nos nombra porque estamos hablando del sexo de las personas y las mujeres, que conformamos la mitad de la humanidad, no podemos quedar agazapadas bajo un masculino dado como genérico porque todo un sistema ha mantenido la creencia de que esa era “la norma”. A este respecto, la Vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo, ya ha transmitido que va a tomar medidas para revisar la Constitución, un texto anclado en convicciones machistas con olor a rancio. Tal es el grado de irritación machirula que esta decisión ha provocado que una de sus letras, el señor de la T, amenaza con irse de la Academia. Nosotras, las feministas, estamos expectantes ante este hecho y confiamos en que se lleve a cabo sin demasiadas dilaciones; lo de la revisión para un lenguaje más inclusivo y la marcha de Pérez Reverte.

Mientras nos nombramos llenándolo todo de esa maravillosa “A” observaremos a los académicos dedicándonos artículos a las feministas; ellos seguirán llamándonos exageradas, hembristas y feminazis (a pesar de que ni su diccionario recoja dichos términos), continuarán defendiendo un diccionario cargado de machismo, mofándose de los cambios necesarios que debe acoger para poder estar representadas atendiendo a la justicia y nos mirarán con desdén desde unos sillones ocupados de manera ilegítima.

Nosotras también dejaremos claro que a pesar de no ser nombradas  en demasiados espacios existimos y estamos presentes. Seremos las heréticas de la norma lingüística y formaremos parte de esas personas que incomodan y ponen nervioso al poder estructural. Entraremos y ocuparemos cada uno de los espacios que nos pertenecen y lo haremos unidas; cada vez somos más las mujeres feministas que hemos tomado conciencia de la necesidad de estar para existir; como recuerda la Presidenta de Médicos del Mundo Navarra, Yolanda Rodríguez, citando a Julio Caro Baroja, “todo lo que tiene nombre, es”.

Imagen: Fernando Vicente

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