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Cuando la violencia machista no es una cuestión de Estado

“Dos asesinadas y tres huérfanos en 24 horas por violencia machista”; “Una mujer asesinada con un bate de béisbol por su ex pareja”. “Muere una mujer en Galicia en un nuevo caso de violencia machista”; “Un hombre mata a sus dos hijas en Castellón y se suicida”.

Éstos son algunos de los titulares que podemos encontrar en los medios escritos en el último mes. Aquí nos cuentan cómo el presunto asesino mató a puñaladas, a golpes o de un tiro a su expareja; nos relatan el hecho, si había sangre o testigos, si la víctima había denunciado y la importancia de las denuncias para preservar la vida; si el asesino se suicidó después del crimen cometido. A veces nos recuerdan algo sobre un Pacto de Estado y otras nos enumeran la cifra de mujeres asesinadas en lo que va de año; en demasiadas ocasiones son muertas sin nombre y sin rostro. Si observamos esta información en la televisión, quizá encontremos el testimonio del vecindario y la noticia será tan efímera que cuando nos hayamos dado cuenta estaremos escuchando una nueva victoria futbolística o cómo se avecina el nuevo temporal.

Los representantes políticos no se molestan en pronunciarse en las redes a pesar de encontrarnos ante un terrorismo machista que debería ser una cuestión de Estado, y desde los ayuntamientos nos quedamos con algún minuto de silencio.

Nos matan. Los asesinatos machistas se sitúan en la punta de un iceberg bañado por la indiferencia y enraizado por distintas formas de violencia hacia las mujeres; y ni siquiera el atentado contra el derecho fundamental a la vida provoca una respuesta incontestable.

Solo encontramos apoyo entre nosotras. Nuestros muros de facebook y twitter arden de dolor y de rabia. Las calles se inundan con nuestras pancartas, nuestra voz y nuestros pasos firmes; y esa imagen se desvanece a los pocos días para dar paso a otros temas considerados más prioritarios que los propios feminicidios, que maten a las mujeres por el hecho de ser mujeres y que el Estado no haga nada para evitarlo salvo permitir que se reproduzcan conductas y prácticas donde las mujeres no somos consideradas seres humanos. Los hechos parecen constatar que nuestras vidas no tienen valor y lo podemos comprobar allí donde pongamos el foco.

Nos invisibilizan. En el lenguaje, en los libros, en los reconocimientos literarios, en los festivales, en los premios Nobel, en los congresos. Y nos niegan nuestro lugar en la RAE, en la judicatura, en los cargos directivos y de liderazgo, en la secretaría de la ONU, en los puestos relevantes para la resolución de conflictos. Cuanto más subimos, más pesa el techo de acero.

Nos manipulan con el amor. El mito del amor romántico nos embriaga desde pequeñas. La educación gira en torno a un amor que todo lo puede y somos nosotras las que debemos aguantar la violencia por amor; las que aprendemos la indefensión y las que perdemos la vida al decir NO. Somos nosotras las que subimos la escalera cíclica de la violencia machista hasta el último peldaño, ese donde ya es tarde para escapar porque nos han asesinado.

Nos cosifican. Somos convertidas en objetos; Nos fotografían tiradas, sin vida y abiertas de piernas con poses imposibles. Nos definen como barrigas solidarias para intentar apelar a las emociones mientras nos consideran vasijas y reducen un proceso biológico como es la gestación y el parto a un mero contrato de alquiler como si de un coche se tratase. Nos doblan, nos mean encima o se corren en nuestra cara a la vez que nos graban; nos penetran en grupo tras una cámara y la ficción real de ese porno es aprendida por los hijos del patriarcado que violan en manada a mujeres que no se resisten para poder denunciarlo. No, aquí tampoco mandamos nosotras y a diferencia del machismo, el feminismo no cosifica ni mata.

Nos deshumanizan. Se crean pseudos sindicatos de prostitutas impulsados por hombres que colocan en primera línea a mujeres que se definen como libres y empoderadas cuando la libertad la ejercen los puteros y los proxenetas que acceden a los cuerpos de las mujeres y se lucran de este negocio ilícito que viola los derechos humanos de las mujeres como es la prostitución.

La violencia machista empieza en cómo somos representadas en la sociedad y qué lugar ocupamos dentro de ella. Es violencia mantener toda esta estructura patriarcal que perpetúa una posición de dominación de los hombres sobre las mujeres, donde ellos son la referencia sobre la que gira el mundo.

Dentro de todo este panorama perverso buscamos esperanza. El feminismo es la luz violeta que nos da las respuestas para combatir la ideología que nos asesina y en ello andamos, cogiendo el testigo de las predecesoras, bebiendo teoría feminista de nuestras referentes y trabajando día tras día para deconstruir lo aprendido y deshacernos de la misoginia utilizada como estrategia para enfrentarnos. Hemos de mirar a lo ya conseguido por este movimiento crítico para darnos cuenta de que estamos en el camino pero en ese camino debe haber implicación política para implementar la perspectiva feminista en cada rincón de esta sociedad empezando desde la base, condenando al mismo tiempo la máxima expresión de la violencia contra las mujeres, los asesinatos. Y ante todo, urge que la violencia machista sea una cuestión de Estado; que se entienda que cada vez que una de nosotras es asesinada, se comete un crimen contra la humanidad y que para evitarlo tenemos que desarticular todas las formas de violencia.

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