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Las tetas del patriarcado

Foto: María Zanahoria.

“Nuestros cuerpos son nuestro refugio y nadie más que una misma puede decidir sobre este refugio que contiene nuestra vida”. Estas palabras de Laura Corcuera motivaron una reflexión sobre el “uso” del cuerpo por parte de nosotras mismas y en respuesta a las órdenes sutiles, deseos y patrones arraigados en un sistema que nos domina, manipula y hace que nos creamos libres.

Nuestros cuerpos son nuestro refugio y por lo tanto una forma de dinamitar las estructuras que atentan contra nuestro hogar es ocupar el espacio, performarlo, hacerse visible para visibilizar aquello que expresamos con mensajes cargados de un silencio ensordecedor.

Nuestros cuerpos son nuestro refugio y la seguridad que sentimos en ellos inquieta a aquellos que nos quieren relegadas, cosificadas y expuestas solo para el deleite del espectador, cumpliendo con el rol que nos han asignado; robándonos nuestra piel para exhibirla, alquilarla, venderla y mostrarnos como mera mercancía que sirve para excitar o cumplir deseos.

Nuestros cuerpos son nuestro refugio pero a veces entramos en un conflicto que se apacigua siempre que las tetas sean tetas para estimular y mamas para alimentar bebés (las primeras a plena luz del día aceptadas en la portada o contraportada de revistas para hombres; las segundas, salientes con discreción, medio tapadas) donde el orden de nuestra sociedad machista y patriarcal quedará inalterado.

Nuestros cuerpos son nuestro refugio y cuando pasamos a la acción política a través de ellos la censura nos viste, nos coloca un velo que intenta borrar el mensaje para impedir la ruptura con la sexualización a la que somos sometidas; nosotras y nuestras tetas.

El profesor en Ciencias Políticas, Gene Sharp, estableció 198 métodos de la acción no violenta y entre las acciones públicas simbólicas encontramos el desnudo como protesta.

Pero cabe preguntarnos, ¿qué le ocurre a determinadas redes sociales como facebook? ¿Por qué elimina el logo de un coño catalogándolo de material ofensivo o decide que unas tetas que están ahí con el cometido de explicarnos cómo hacer una exploración mamaria, o con una leyenda que dice “fuera de mi coño” pueden herir sensibilidades?

La red mencionada censura las tetas -de mujeres- acogiéndose al punto 7 de la sección de seguridad de su declaración: “No publicarás contenido que resulte hiriente, intimidatorio, pornográfico, que incite a la violencia o que contenga desnudos o violencia gráfica o injustificada”.

Esto me hace pensar, mientras mi estómago se agita de repulsión, que para facebook no es intimidatorio, ni violento y está justificado, que 6 varones violen a una menor, lo retransmitan en directo a través de Facebook Live y que 40 personas lo contemplen sin inmutarse; pues parece que cuando una adolescente de 15 años como Deahvion Austin es raptada y violada en grupo, no es censurable en un espacio que castra nuestras tetas ni en una sociedad que aún en demasiadas ocasiones justifica las agresiones sexuales.

El contexto en el que nos encontramos nos hace seguir inquiriendo en la cuestión; por qué resultan amenazantes unas tetas que aparecen con carga política y no se disparan las alarmas cuando en publicidad nos intentan violar, nos arrastran del pelo, nos pisan el cuello y nos miran con desdén, reduciéndonos a objetos que, como cosas inertes, no tienen voluntad, decisión, humanidad.

Por qué la indignación aparece cuando un grupo de mujeres se manifiesta en la calle con pancartas en mano y palabras pintadas en sus tetas y sin embargo cuando otro grupo de mujeres hace huelga de hambre, para exigir un pacto de Estado contra las violencias machistas, lo que encontramos es impasibilidad.

Por qué no hay una protesta masiva ante el cartel visible en una carretera que alienta a los hombres a alquilar el cuerpo de las mujeres para su disfrute bajo un “porque te lo mereces”; y por qué siempre hablamos de “trabajadoras” del sexo y no de puteros que siguen perpetuando una posición de poder a través de ese sexo que pagan.

Por qué tenemos que asistir a debates en los que se les da voz a personas que hablan de los felices que son siendo madres y padres, después de que una mujer haya prestado su útero para hornear un encargo tras una considerable suma de dinero; y por qué no nos planteamos que las mujeres pobres que “deciden” someterse a esta práctica de mercantilización quizá no están siendo coaccionadas pero sí condicionadas para hacerlo.

Seguimos hablando de la libertad de nuestro cuerpo, de nuestra toma de decisiones cuando lo que realmente se da, en la mayoría de las ocasiones, es un condicionante que no permite que la decisión se geste y ejecute de manera libre.

Nuestros cuerpos son nuestro refugio y en contraposición a esta máxima encontramos invasión en ellos, destierro y alecciones para creernos dueñas del vehículo que nos hace estar en un lugar, en un tiempo, con una conciencia que también intentan arrebatarnos porque así es la censura ante la libertad de las mujeres: el borrado, el silencio, la inexistencia.

Nuestros cuerpos son nuestro refugio y cuando los amamos, los cuidamos y exigimos el respeto hacia ellos, empezamos a ser peligrosas porque ya no cedemos ante su secuestro; la antesala de un embargo aún mayor y que se manifiesta a través de ellos, el saqueo de nuestros derechos y en consecuencia el de nuestra propia libertad.

¿Qué es la libertad?, nos preguntamos cuando ya hemos afirmado que la ejercemos; poder ser y estar, construirnos como protagonistas y agentes de nuestra sociedad, creadoras de la historia; pero para conseguirlo debemos contar con la autonomía necesaria, con el conocimiento del lugar que ocupamos por ser mujeres y el que hemos decidido tener también como mujeres, como personas.

En este atrevimiento de ser libre es imprescindible desarrollar un estado que va enraizando en el momento en el que logramos lo más liberador, dejar de tener miedo.

Cuando lo hacemos hay censura, pero con nuestro cuerpo como refugio salimos al mundo para constatar que nos pertenece. Que nuestros cuerpos no se alquilan, no se venden y no pueden ser utilizados al antojo del sistema. Nuestros cuerpos contienen nuestra vida y esta vida es innegociable.

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