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¿De qué color es la guerra?

El silencio es ese estado de estar presente y al mismo tiempo ocultarse, desaparecer, callar. O hablar de tal modo que la voz se mantenga agazapada entre pensamientos y temores, recuerdos dolorosos, miedo.

El fotoperiodista Gervasio Sánchez decía en una de las exposiciones de sus trabajos que cuando tenía que fotografiar la escena después de una masacre acudía al lugar, en silencio, se tomaba un tiempo de respeto hacia esas personas que ya no estaban, ante el desastre que acaba de ocurrir y después, desde ese acto de dignificación hacia las víctimas, capturaba lo ocurrido.

En silencio. Como ese silencio que se crea tras el temor, tras un estado de shock. El silencio que nace cuando algo acaba. Leer sobre la guerra también hace que se haga el silencio, la pausa. Avanzo por las páginas de un libro sobre la guerra y cada ciertas líneas he de parar para dignificar a las narradoras que vivieron el horror; que perdieron a personas amadas; las que dejaron parte de ellas en el campo de batalla y ya no volvieron a ser las mismas con la llegada de la ansiada Victoria. Me detengo para inspirar lento, para dejar aflorar emociones que consiguen sacudirme, trasladarme a otro lugar y tiempo, atravesando algo tan íntimo como un testimonio que sale de las entrañas de alguien que ha dejado que desconocidas entren y en cierta manera formen parte de él.

Fotografiar, escribir y leer hechos tan dantescos como los asesinatos que se producen en una guerra requiere de muchos silencios y pausas, de llantos. La escritora bielorrusa Svetlana Alexiévich decía en una entrevista que hay que llorar escribiendo y escribir llorando. Cómo narrar dejando de ser persona. Como transcribir el dolor sin sentir dolor. Es imposible tomar distancia. Y sin embargo, a pesar de esto, la escritora no escribe los llantos ni los gritos: «Soy consciente de que no deben redactarse el llanto ni los gritos, una vez redactados perderán importancia; la versión escrita saltará al primer plano y la literatura sustituirá la vida».

Las guerras son devastadoras. Exterminan al ser humano y allí los seres humanos desaparecen. Las mujeres viven la guerra de manera diferente y Svetlana Alexiévich lo muestra en su libro La guerra no tiene rostro de mujer. En este espacio reúne testimonios de mujeres y chicas que no llegaban a los dieciocho años pero que tenían claro que querían estar allí; demostrar que no eran inferiores a los hombres. No querían quedarse en la cocina, querían estar en primera línea, querían estar en el campo de batalla. Impregnadas de idealismo, de una fuerte convicción hacia sus principios y hacia el comunismo querían luchar por la patria. Luchar por la patria y contarlo. Deseaban luchar y deseaban sobrevivir. Gracias a esta escritora ganadora del Premio Nobel de Literatura podemos rescatar sus voces de ese silencio; porque el silencio también es dejar que otros hablen o contar sus mismos relatos. Y la guerra de las mujeres es distinta. Las mujeres bucean en su interior y narran otra historia.

Alexiévich lo dice en su libro: “En esta guerra no hay héroes ni hazañas increíbles, tan solo seres humanos involucrados en una tarea inhumana. En esta guerra no solo sufren las personas, sino la tierra, los pájaros, los árboles […] yo quiero escribir la historia de esta guerra. La historia de las mujeres”.

En la guerra no hay héroes. Quizá los relatos escritos por hombres que hablan de otros hombres intentan erigir a aquellos que vencen en héroes. Pero si el relato cambia de voz y otras protagonistas hablan encontraremos una nueva mirada. Aparece un lugar lúgubre donde todo se enturbia; a veces cuesta discernir quién es el enemigo. ¿Quién es el enemigo? ¿Cómo es, qué apariencia tiene? ¿Y quiénes somos para decidir a quién dejar morir, a quién salvar? Las mujeres no ven heroicidad en la guerra, ven la guerra como un asesinato. Y es ahí, en ese escenario de vida y muerte, de compañeros y enemigos donde la compasión aparecía y permanecía para estar al lado de ambos. Tamara Stepánovna, cabo mayor de guardia y técnica sanitaria, en el combate más terrible:

En Stalingrado… Una vez llevé a dos heridos al mismo tiempo. Cargaba con uno, le arrastraba unos metros, y luego volví a por el otro. Los alternaba porque los dos estaban muy graves, resultando impensable dejarlos, y los dos, a ver cómo lo explico, tenían ambos las piernas destrozadas muy por arriba, se estaban desangrando. En esos casos, cada minuto cuenta. De pronto, cuando ya me había alejado un poco de la batalla y el humo se había dispersado, descubrí que estaba arrastrando a un tanquista de los nuestros y a un alemán… Me quedé petrificada: nuestros soldados morían y yo salvando a un alemán. Sentí pánico en medio del combate, con la densa humareda, no me había dado cuenta. El hombre se estaba muriendo y gritaba… «Ah, ah, ah..» Los dos estaban quemados, negros. Iguales. Pero ahora ya lo veía con claridad: una chapa distinta, un reloj distinto, todo era ajeno. Y ese maldito uniforme. «¿Qué hago ahora?» Arrastraba a nuestro herido y pensaba: «¿Vuelvo a por el alemán o no?». Comprendía que si le dejaba, pronto moriría desangrado… Regresé a por él. Y continué arrastrando a los dos…

Tras los primeros encuentros con estas mujeres, Svetlana se sorprendió al comprobar cuáles eran las profesiones militares de las mujeres. Las mujeres en la guerra eran instructoras sanitarias, francotiradoras, tiradoras de ametralladora, comandantes de cañón antiaéreo, capitanas de las fuerzas aéreas, zapadoras… Y a veces se encontraban con la condescendencia, con la falta de credibilidad; hasta que el tiempo en la guerra hacía que los que sobrevivían honrasen de alguna manera a aquellas mujeres. En este relato que recoge Svetlana se trata de dos chicas subtenientes que querían ser jefas de la sección de zapadores. Su oficial les advirtió que la esperanza de vida de un jefe de esa sección era de dos meses. Ellas siguieron. La voz es de Stanislava Petrovna Vólkova, subteniente, jefa de una sección de zapadores:

Nos estuvieron lavando el cerebro durante dos días. A decir verdad… resultaban convincentes. Pero nosotras no retrocedimos: solo queríamos ser jefas de la sección de zapadores. No cedimos ni un paso. Pero eso solo fue al principio. Por fin alcanzamos nuestro objetivo. Me presentaron a mi sección… Los soldados me observaban detenidamente: con aire de sorna, con enfado incluso, un simple movimiento delataba lo que realmente pensaban. Cuando el comandante del batallón les dijo que yo sería su nuevo jefe de sección, aullaron: “Uh-uh-uh…”. Uno incluso escupió. Un año más tarde, cuando me entregaron la Orden de la Estrella Roja, esos mismos soldados, los que habían sobrevivido, me llevaron a hombros hasta mi covacha. Estaban orgullosos de mí.

La historia se repetía una y otra vez. La actitud condescendiente de los hombres hacia las mujeres y tener que esforzarse más, demostrar más. María Semiónovna Kaliberdá, sargento primero, especialidad: transmisiones, habla de ser mujer en la guerra:

¿Cómo ser un hombre? Es imposible. Nuestros pensamientos son una cosa, pero nuestra naturaleza es completamente otra. Nuestra biología… Caminábamos… Por delante iban unas doscientas muchachas, seguidas de unos doscientos hombres. Hacía calor. Había que andar treinta kilómetros. ¡Treinta! Caminábamos y dejábamos manchas rojas sobre la arena… Unas huellas rojas… Bueno, teníamos eso… lo nuestro… ¿cómo ocultarlo? Los soldados iban andando detrás y fingían no notar nada… No miraban al suelo… Los pantalones se nos secaban, parecían hechos de vidrio. Nos cortábamos. Nos hacían heridas allí y todo el rato olíamos a sangre. No nos suministraban nada… Vigilábamos, esperábamos hasta que los soldados dejaban sus camisas colgadas en los arbustos . Entonces nos llevábamos una o dos […] El algodón y las vendas no daban ni para los heridos… es decir, de lo demás ni hablar… La ropa interior femenina apareció a lo mejor dos años más tarde. Llevábamos calzoncillos y camisetas de hombre. Pues eso, caminábamos… ¡calzando botas! Teníamos los pies fritos. Caminábamos… Nos dirigíamos al paso de un río, allí nos esperaban las balsas. Llegamos allí y comenzó el bombardeo. Era un bombardeo tremendo, los hombres corrieron a esconderse. Nos llamaban… Pero nosotras no oíamos el bombardeo, no nos importaba en absoluto, corrimos hacia el río. Hacia el agua…¡Agua! Nos quedamos allí hasta sentirnos limpias… Expuestas al fuego…Eso es… La vergüenza nos asustaba más que la muerte. Algunas chicas murieron en el agua. Probablemente fue la primera vez que deseé ser hombre… La primera vez…

Ser mujer en la guerra también implica enfrentarse a la violencia sexual. Las violaciones y por tanto la deshumanización de las mujeres para satisfacer los deseos de los hombres son una realidad cerca del campo de batalla. Ellos, desde pequeños, normalizan la conducta bélica; «a los hombres desde que son niños se les dice que tal vez, de mayores, tendrán que disparar». También aprenden a ejercer la dominación sobre los cuerpos de las mujeres. Desde la pornografía, y a muy temprana edad, se les enseña a usar el cuerpo de las mujeres; el sistema patriarcal les dice que tienen el derecho de comprar mujeres mediante la prostitución; el mensaje es que siempre va a haber mujeres disponibles para ellos. Sofía K-vich, auxiliar sanitaria, relata esa violencia:

¿Me preguntan sobre el amor? No me da miedo decir la verdad… Yo fui una «esposa de campaña». La esposa de la guerra. La segunda esposa, la ilegítima. Una concubina. El primer comandante del batallón… Yo no le quería. Era un buen hombre, pero no le quería. Me metí en su covacha unos meses después de estar allí. ¿Qué otra opción tenía? Allí solo había hombres, era mejor vivir con uno que temerlos a todos. Durante los combates no había para tanto, pero después, sobre todo cuando nos retirábamos al descanso, era terrible […] acabado el combate te acorralaban… De noche no había forma de salir de la covacha… ¿También se lo han dicho las demás o no se han atrevido a confesarlo? Les da vergüenza, creo… Se lo callaron. ¡Son orgullosas! Pero allí hubo de todo porque nadie quería morir. Cuando eres joven te da pena morir… Y también para los hombres era difícil estar cuatro años sin mujeres… En nuestro ejército no había burdeles […] De noche me despertaba agitando los brazos: repartía bofetadas, me quitaba d encima sus manos. cuando me hirieron, estuve en el hospital y allí también agitaba los brazos. De noche me despertaba la enfermera: «¿Qué te pasa?». Claro que ¿a quién se lo iba a contar?

Conversar sobre la guerra también requiere de paradas, de calma. Svetlana lo sabe y su riguroso trabajo es fruto de la paciencia que hace aflorar el recuerdo: “A menudo se ha de recorrer un largo camino, avanzar con rodeos, para poder oír el relato de la guerra femenina y no de la masculina: cómo retrocedían, cómo atacaban, en qué sector del frente… Con una entrevista no basta, hacen falta muchas. Así trabaja un retratista insistente…”.

Y tras este profundo ejercicio de búsqueda hacia el interior nos encontramos con una historiadora del alma tal como la escritora se define en su libro; y allí deja claro que no escribe la historia de la guerra sino la historia de los sentimientos.

Svetlana Alexiévich consigue retratar el alma de las mujeres que han dejado atrás el silencio y logra algo más, que las lectoras no quedemos impasibles. Es cierto, no es un libro más sobre la guerra. Es un libro que nos recuerda lo terrible que es una guerra, que nos lleva a escenas cotidianas que se convierten en tragedia, que nos habla del amor, de lo humano, de la compasión. Donde la heroicidad no está en matar sino en la confianza hacia una misma, en salvar vidas, en celebrar la vida y en despedir con cariño a los muertos, a los que no consiguen llegar al final. Y sobre todo nos acercamos a una guerra que tiene colores y olores. ¿Qué color tiene la guerra?

«Si me preguntan de qué color es la guerra, le diré que es del color de la tierra. Para un zapador… Del negro, amarillo, arcilloso color de la tierra…”.

*Svetlana Alexiévich es una periodista y escritora bielurrusa de gran prestigio. Ganadora del Premio Nobel de Literatura por el libro La guerra no tiene rostro de mujer (1985). Autora de otras publicaciones como Voces de Chernóbil (1997), Los muchachos de zinc (1989) y El fin del homo sovieticus (2013).

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