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Bendito sea el negocio, el patriarcado permitirá que madure

Imaginad una sociedad dirigida por hombres, donde el valor de las mujeres depende de su fertilidad. En este escenario, las esposas de esos señores que están al mando son las “privilegiadas” a pesar de no poder concebir, ya que ese papel lo desempeñarán sin elección las criadas, mujeres cuya función se limita a su capacidad reproductora y que serán violadas cada día por su Comandante. Así, las mujeres quedarán relegadas conformando varios grupos: criadas, mujeres que se dedican a las tareas del hogar, mujeres prostituidas y otra categoría de “no mujeres” donde entran todas aquellas que no pueden quedar embarazadas o se han rebelado contra el sistema, razones por las que quedarán atrapadas en campos de concentración, inmersas en la más absoluta pobreza.

En esta forma de gobierno, los derechos de las personas irán desapareciendo y las mujeres se situarán al final de la cadena; sus pasos, sus decisiones y sus pensamientos serán controlados. El horror se verá reflejado en cada ejecución, castigo y ceremonia siniestra donde hasta la más terrible atrocidad se tornará cotidiana y aparecerá normalizada.

Este ambiente perverso forma parte de la distopía que Margaret Atwood creó en 1985 cuando escribió El Cuento de la Criada. Sin embargo, el tema sobre el que se construye la trama, la explotación del cuerpo de las mujeres, lo tenemos en nuestra mesa de actualidad.

La llamada gestación subrogada ha pasado por distintas fases en cuanto a su denominación. Todas sabemos que el lenguaje crea realidad y que un determinado uso de ciertos términos puede mostrar esa realidad, disfrazarla o invisibilizarla. Empezando por el nombre, hemos escuchado “maternidad subrogada”, “maternidad por sustitución”, “gestación subrogada”, “gestación por sustitución”, “vientres de alquiler”, “úteros de alquiler” e incluso “mujeres que gestan para otros”.

Resulta curioso que en páginas donde tienen cabida las empresas que se dedican a esta práctica insistan en llamarlo “gestación subrogada”, aclarando de inmediato que lo que se subroga es la capacidad de gestar; algo completamente imposible tal como nos recuerda de manera muy lúcida la jurista Mar Esquembre cuando dice que “la gestación y el parto responden a un proceso biológico, no es una ‘técnica’, y como proceso biológico no se puede subrogar”. Siguiendo en la misma línea, estos sitios comerciales nos cuentan que “la mujer no es una cosa que pueda alquilarse ni tampoco su útero o cualquier otra parte de su cuerpo”. Algunas feministas estamos de acuerdo en que las mujeres no son máquinas reproductoras que se alquilan y por ésta y otras razones que veremos a continuación, nos posicionamos en contra de esta práctica que pretende anular a la madre biológica; y lo hace partiendo desde la propia forma de llamar al proceso por el que será explotada y apartada cuando cumpla con el contrato que ha tenido que firmar previamente. En este sentido, decir vientres de alquiler o úteros de alquiler -a pesar de indignarnos hasta nuestro propio útero- se adecua a lo que supone pagar para que una mujer tenga en su vientre durante nueve meses a una criatura, sobre la que perderá todos sus derechos cuando nazca y sea entregada a las personas que han aportado el dinero y la carga genética que desean perpetuar.

Predomina en estos círculos el argumentario sin argumentos sobre el amor, los deseos, la solidaridad, las “familias felices” y la imagen de niños y niñas que gozarán de tanto afecto como el deseo proyectado antes de su existencia. En cambio, hasta que el personal médico contratado corte el cordón umbilical de la criatura conectada a su verdadera madre, será considerado un producto por el que las personas contratantes pagan y firman, con la garantía de devolverlo si no cumple con las expectativas iniciales.

Son demasiados casos de futuros padres y madres pagadores los que han exigido que la madre de alquiler aborte; una exigencia que se acata según las cláusulas del contrato; parece que hasta en el papel priman los deseos, los hijos a la carta y el control sobre el cuerpo de las mujeres. Todo esto es perpetrado a través de discursos de manipulación sobre la capacidad de elegir de las mujeres mientras el poder está en el lado del dinero y en la posición que éste les da, un factor determinante que sobrevuela siempre esta ignominiosa realidad.

El deseo de ser madre o padre es un mantra que se repite constantemente intentando adquirir la condición de derecho; un error que a menudo hace olvidar quiénes deben tener derechos y quiénes ven sus derechos vulnerados. Es crucial mantener en mente en todo momento que la maternidad puede ser un deseo pero nunca un derecho. Sí existe el derecho de los niños y las niñas a tener una familia, a recibir atención médica, a que se les brinde una educación de calidad, a crecer en un ambiente pacífico, a estar protegidos y protegidas, y dotadas de las herramientas para poder desarrollar sus capacidades.

Estos aspectos no les preocupan a las personas cuyo único interés es, tomando el relato que hace la periodista y activista Kajsa Ekis Ekman sobre la maternidad subrogada y parafraseando a la autora: formular un deseo, reunir dinero para que ese deseo se convierta en exigencia y darle una argumentación oportuna para que aparezca reformulada con la categoría de “derechos”.

Las mujeres que se someten a esta práctica sí tienen derechos, como madres y como seres humanos pero la misma existencia de los vientres de alquiler los anula. A pesar de esta obviedad que no debería dar lugar a planteamientos peligrosos que contravienen su propia esencia, el capitalismo y el patriarcado se han aliado para difundir aquello de la “libre elección”, una estrategia más para dirigir nuestras decisiones explicada de manera brillante por académicas como Ana de Miguel, donde se habla de una supuesta libertad individual, puesta en cuestión si analizamos el contexto y el sistema en el que se “ejerce”, pero que además cuenta con un límite, los derechos humanos.

Las mujeres gestantes firman un contrato cuando acceden a esta forma de maternidad en la que paradójicamente ellas dejan de ser madres. Durante nueve meses cumplen con unas normas establecidas por escrito y que las obligan a cambiar por completo su forma de vida durante ese largo periodo. Los defensores de los vientres de alquiler huyen de catalogarlo como un trabajo porque insisten en eso del amor, la solidaridad; la felicidad de esa madre que soñó con serlo algún día y la satisfacción de parir para ella de otra mujer que hace que el deseo de la primera se convierta en una nueva vida. Recordemos en este punto aquello de “barrigas solidarias”, tal como se refieren algunos políticos de nuestro país a esta explotación del cuerpo de las mujeres y pongamos la imagen de familias sonrientes y de padres dichosos que reúnen un aspecto en común ya desvelado, suprimir a la madre biológica.

Durante nueve meses estas mujeres ven vulnerados algunos de sus derechos humanos en este “trabajo” que no puede considerarse como tal y que además se acerca a la esclavitud. La Declaración Universal de los Derechos Humanos se erige desde el concepto de dignidad humana y haciendo un repaso de esta Carta podemos corroborar que tras estas violaciones de DDHH, utilizando su cuerpo como mercancía las mujeres no son consideradas humanas.

Artículo 3. “Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona”.

Durante nueve meses las mujeres que gestan para otros alquilando sus úteros deben permanecer en clínicas, aparthoteles, “granjas de mujeres” o en un lugar concreto estipulado por escrito y exigido por la parte que paga.

Artículo 4. “Nadie será sometido a esclavitud ni a servidumbre; la esclavitud y la trata de esclavos están prohibidas en todas sus formas”.

Durante nueve meses estas mujeres solo pueden dedicarse a estar embarazadas. De lunes a domingo; desde que se levantan hasta que se acuestan; durante toda la noche; durante nueve meses. Esta idea es desarrollada por Ekman en su libro El ser y la mercancía, donde además nos relata los esfuerzos que deben hacer dichas mujeres en este periodo. El tiempo de ocio, de distensión o desconexión no existe y esto enlaza con el artículo 24.

Artículo 24. ”Toda persona tiene derecho al descanso, al disfrute del tiempo libre, a una limitación razonable de la duración del trabajo y a vacaciones periódicas pagadas”.

¿Cómo pueden decir estas madres alquiladas una mañana, hoy no voy a estar embarazada?¿Cómo hacen para dejar de sentir por unos días cómo sus órganos se desplazan en su interior para hacerle sitio a esa nueva vida conectada a ellas, alimentada por ellas, creciendo gracias a ellas? Imposible.

Artículo 5. “Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes”.

Los testimonios escogidos por los promotores del alquiler de vientres anularían este punto y esos mismos promotores intentarían demostrar los cuidados hacia la madre gestante. No obstante aquí hay una clara violación de sus derechos sexuales y reproductivos donde se dan las formas descritas en este artículo, traducidas en la inyección de hormonas y la proporción de un sinfín de medicamentos para favorecer la concepción, abortos forzados y el sometimiento a 6 cesáreas si llega el caso cuando el máximo de veces recomendadas son 3.

Artículo 8. “Toda persona tiene derecho a un recurso efectivo, ante los tribunales nacionales competentes, que la ampare contra actos que violen sus derechos fundamentales reconocidos por la constitución o por la ley”.

En todas las páginas donde los compradores se asesoran aclaran del procedimiento legal, de la cobertura jurídica y de la supervisión llevada por esos expertos; entonces deberíamos preguntarnos qué ocurre con las mujeres que son alquiladas cuando tienen dudas, cuando se arrepienten, cuando no entienden bien el idioma, cuando tienen que confiar en unos señores que les hacen memorizar hasta lo que tienen que sentir.

Artículo 13. 1. “Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado”.

Este artículo conecta con el tercero ya mencionado; las mujeres no tienen libertad de movimiento durante 9 largos meses.

Decir que los vientres de alquiler responden a un concepto vulgar e inapropiado y tratar al mismo tiempo a las mujeres que acceden a ello como un recipiente es un acto cínico y agresivo. El embarazo es el hecho más importante del proceso y sin embargo no se presta atención a los cambios físicos, psicológicos y emocionales que se producen en estas mujeres. Mucho menos se atiende a los riesgos que desencadena transferir más de un embrión propiciando un embarazo múltiple: preeclampsia, diabetes gestacional, placenta previa, hipertensión arterial, hemorragia postparto o distensión del útero. El bebé puede morir y la madre también puede morir, acarrear una diabetes de por vida o quedar estéril.

Creo que tenemos motivos suficientes para dejar de fijarnos en la promoción de experiencias que cuentan lo maravilloso que es alquilar tu vientre, sin contar la cara neoliberal que nos haría condenar sin ambages este negocio; esta industria que crece y seguirá creciendo si no la paramos; esta forma de explotación hacia las mujeres disfrazada de altruismo o de oportunidad para revertir nuestra economía en un momento determinado. Desde el feminismo como movimiento social y político, teoría crítica que cuestiona el poder, con una enorme capacidad discursiva que apela a la justicia, que nace y se vuelve imparable hacia la transformación del sistema desde su raíz, debemos decir “NO” a las estrategias de control sobre nuestros cuerpos, rompiendo con el manido, vacío y frívolo mensaje “las mujeres eligen”, situando sobre la mesa qué actores eligen realmente.

Como dice Ekman, “en esta industria, hermana pequeña de la prostitución, se produce una intersección del capitalismo (donde los ricos compran a los pobres) y del patriarcado (donde los hombres compran a las mujeres)”. Si queremos ocupar nuestro lugar en el mundo en condiciones de igualdad, el primer paso es hacer visible esta intersección; el segundo, rebelarnos; el último, detener los planes que nos convierten en vasijas sin dejar de ser humanas.

(Foto: Acto de representación de El Cuento de la Criada organizado por la Plataforma Nosotras Decidimos de Córdoba, en el Día Internacional en Defensa de los Derechos sexuales y reproductivos.)

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