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Tea Rooms. Mujeres Obreras, de Luisa Carnés

Matilde existió durante mucho tiempo pero no era conocida. Nadie sabía de su existencia, una existencia inadvertida, de esas que quedan en el olvido y fuera de todo reconocimiento. La voz que la creó fue silenciada hasta que alguien hizo que nos hablase de nuevo para contarnos su historia. Luisa Carnés formó parte de las Sinsombrero sin tener un lugar en esa instantánea que empezaba a visibilizar a las mujeres de una generación, y Tea Rooms. Mujeres obreras (editada por Hoja de Lata) es un descubrimiento que nos acerca a la escritora y con ella miramos un tiempo y lugar que conforme entramos en sus páginas se hace cercano y se queda con nosotras para siempre.

Matilde es una muchacha humilde, obrera, que sabe lo que es poner en marcha esa actitud incansable para encontrar un empleo. Ella conoce el estómago vacío, los pies que quedan húmedos por una lluvia que insiste como el hambre y que penetra a través de un viejo calzado que no se puede reparar. A veces tiene un dilema, y no sabe si usar los diez céntimos para un buñuelo o el tranvía. Lo primero aplacará ese grito en la barriga y lo segundo hará que los zapatos no lleguen inundados a casa; allí hay bocas que alimentar y urge llevar dinero.

Luisa Carnés tiene la capacidad de trasladarnos el frío hasta lo más hondo, de adentrarnos en los pensamientos de sus personajes que se hacen reales, de hacernos partícipes de las emociones que están librando en su interior y que explosionan hacia fuera, manifestándose a través de ojos cansados, cuerpos que se encogen, manos temblorosas y decididas al mismo tiempo. Esta escritora de la Generación del 27 fue periodista y eso se nota en su mirada observadora y descriptiva que nos acerca a la vida ajetreada de un salón de té donde la autora trabajó.  Y ahí, inspeccionando cada rincón del establecimiento, conoceremos a una encargada estirada, a un propietario al que llamarán “el ogro” y a toda la plantilla de mujeres obreras a cuyas vidas nos iremos acercando como si estuviésemos en el mostrador contando los cincuenta brioches, los treinta croissants y las ochenta ensaimadas mientras una compañera se come debajo de ese mostrador los merengues chafados. Ellas, las mujeres obreras, son Antonia, Trini, Paca, Esperanza, Felisa, Marta y Laurita, que a pesar de ser la ahijada del jefe, también sabrá lo que es ser mujer obrera con un desenlace en su historia que despertará la compasión. Y ellas, las mujeres obreras, son todas las mujeres luchadoras que llevarán simbólicamente el nombre de Matilde.

Cada una tiene su propio carácter y sus propios intereses, pero se puede ver la ayuda mutua. Antonia es la veterana y Marta una chica de dieciséis años que llega rogando trabajo porque es la luz que queda en su hogar para que entre algo tan básico como el alimento. El día a día en el salón de té es frenético. Hay momentos de gran afluencia y otros más tranquilos. Y en la ventana que Luisa Carnés nos abre asistimos a una clientela que llega de manera asidua a consumir su pastel de grosella de todos los días o sus batidos compartidos. Se oye el murmullo de un grupo de actores y el jaleo producido por una huelga inminente. La vida en el salón de té se complementa con la vida de la calle donde la gente camina de un lado para otro, va al cine y al teatro. Matilde, en los pasos diarios a casa, absorbe los olores que desprenden las casas donde no hay problemas de abastecimiento y que le recuerdan que su hambre “no data de unas horas ni de varios años, que es un hambre de toda la vida”.

Es el hambre de la pobreza. Luisa Carnés parece hacer una crónica de sus vivencias, de lo que ve a su alrededor sin florituras y lo plasma en la novela, utilizando la mirada de Matilde para mostrar una descripción descarnada de esa pobreza.

En un momento de la narración se condensa parte de la esencia del libro:

«La noche.

Diez horas, cansancio, tres pesetas.

Fuera hace calor.

A la puerta, un viejo pregona los diarios nocturnos.

El público que sale de los cines y teatros emite comentarios en voz alta.

Diez horas, cansancio, tres pesetas».

La escritora relata la dureza de la vida y la rebeldía que desarrolla la clase explotada de la que ella forma parte teniendo presente las ganas de que cambie su definición de sociedad: «los que suben en ascensor y los que utilizan la escalera interior». Tiene trabajo, aunque la acompaña la precariedad laboral y la sombra del despido, que siempre está cerca. El delicioso escenario de dulces de crema, merengues y bombones se convierte en terreno hostil, de alerta, puesto que las diferencias de clase hacen recordar cuál es el lugar de cada quien con esa metáfora de la escalera. Y ese contraste de lo amable y lo despiadado sabe unirlo a la belleza de una prosa que se convierte en musicalidad: «La lluvia ha cesado, y las plantas han comenzado a florecer. Flores en los árboles, en las trepadoras madreselvas y en los vestidos de las mujeres. De las mujeres ricas, para las que la primavera es una ilusión más. Para la muchacha pobre el cambio de estación supone la adición de un problema a la suma de dramáticos problemas que integran su vida».

No obstante, en lo hermoso de las flores hay esperanza. Y a pesar de la miseria, del dolor, de las monedas que con disimulo se meten en los zapatos hay un camino nuevo que se abre paso: «Ese camino nuevo, dentro del hambre y del caos actuales, es la lucha consciente por la emancipación proletaria mundial. La mujer nueva ha hablado y le ha respondido la pequeña Matilde. Mas la mujer nueva ha hablado también para todas las innumerables Matildes del universo».

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