Me gustaría empezar con las palabras del clérigo sudafricano y premio Nobel de la Paz Desmond Tutu para trazar el camino de esta reflexión que trae un nuevo feminismo: «Si eres neutral en situaciones de injusticia es que has elegido el lado del opresor».
El lenguaje es muy poderoso y esto las mujeres lo sabemos muy bien cuando las normas las marca una academia de las letras rancia y misógina que sigue manteniendo en su diccionario el uso sexista del lenguaje.
Aunque en este momento y en esta forma de nombrar vuelve a aparecer el feminismo para ser despolitizado y adaptado a lo que cada mujer sienta que es, como en el caso de la cantante Mónica Naranjo, que a propósito de unos premios de la Cadena Dial nos dejaba estas declaraciones:
«Yo siempre he defendido el feminismo neutral, el feminismo equilibrado… Mira, yo me he educado con un padre muy feminista. Mi padre siempre ha dicho que no tendríamos que depender de nadie, él siempre decía lo mismo: “No he criado hijas para que hagan lentejas sino para que sigan sus sueños y sean personas independientes, que cumplen sus propósitos”. Para mí ese es el verdadero empoderamiento, la independencia que tú puedas decir tengo mi trabajo, tengo mi carrera, tengo mi historia, hago esto, hago lo otro. Y de ti depende al final cuánto quieres recorrer y cuánto quieres soñar y cuánto quieres andar. Si quieres ser madre, es maravilloso. Si quieres quedarte en casa, es maravilloso. Pero que tengamos la libertad nosotras de decidir en todo momento lo que queremos porque lo decidimos nosotras, no porque lo decide la sociedad».
Voy a ir por partes analizando este mensaje. En primer lugar y la base de todo está en la “libre elección”. Lo escribo entrecomillado porque las comillas nos advierten de que lo que se lee no hay que tomarlo literal, que hay matices, que no es tal, que no vamos a encontrar lo que esperamos en esas palabras; como ejemplo de ello tenemos la película “Cumbres Borrascosas” que nos anunciaba que Emeral Fennell le había dado una patada a la novela de Emily Brontë. Entonces nos preguntamos qué es elegir en una sociedad que es patriarcal. Al final de su declaración Mónica Naranjo cerraba aportando la clave y es que decidiésemos nosotras, no la sociedad.
Es curioso que aparezca un padre muy feminista que le ha enseñando a Mónica Naranjo que el verdadero camino es el empoderamiento de no hacer lentejas, que sería como la meta de empoderarse con las legumbres para conseguir el objetivo de mujer independiente. Me gustaría saber quién le hacía las lentejas a la cantante. Gracias a Katrine Marçal sabemos quién le hacía la cena al padre de la economía moderna, Adam Smith. Es decir, que cuando Adam Smith se sentaba cada noche pensaba que si tenía la comida en la mesa se debía a que tanto el carnicero como el panadero perseguían sus intereses gracias al comercio. Pero la realidad es que este señor que vivió casi toda su vida con su madre podía comerse ese filete gracias a que su señora madre se lo preparaba todos los días. Y así, él se podía dedicar a escribir, a leer, a teorizar sobre la economía mientras ignoraba esa segunda economía de ese segundo sexo que hacía posible que todo lo demás girase y se moviera.
De las declaraciones de la feminista neutral entendemos que las lentejas las hacía su padre ¿Cuántos hombres eligen quedarse en casa para hacer lentejas y cuántas mujeres son las que las cocinan? Al parecer el padre de Mónica Naranjo y alguno más ya que se trata de una aplastante mayoría de mujeres las que deciden no perseguir sus sueños, que sueñan con tener triple jornada laboral o con quedarse en el suelo pegajoso de la cocina sin tener un solo orgasmo y que después sienten el peso de su propia existencia.
En esta parte donde se destaca al sexo masculino como el que nos empuja a perseguir nuestros sueños encuentro una injusticia con el sexo femenino y que está unido de manera inexorable al tipo de sociedad en la que se dan estas relaciones.
Gerda Lerner nos contaba en su libro La creación del patriarcado, que este sistema de dominación que se creó en el proceso histórico contó con la connivencia de las mujeres, es decir, que eran las mujeres las que ayudaron a que el sistema se asentase. ¿De qué manera exactamente?
En primer lugar Gerda Lerner nos habla de la división sexual del trabajo y de cómo las mujeres se centraron en la labor de madres (contribuyendo con otras actividades económicas que pudieran compaginar): «Durante milenios la supervivencia del grupo dependió de ello y no existía otra alternativa. Bajo las condiciones extremas y peligrosas en que vivían los primitivos humanos, cada mujer debía tener varios embarazos para que al menos dos niños de cada pareja llegaran a ser adultos». La historiadora aclara que acepta esta diferenciación biológica en los primeros estadios de la evolución humana y no en la posterior división sexual del trabajo, algo que Simone de Beauvoir (citada aquí por Lerner) considera como el inicio de la desigualdad entre los sexos destinando a la mujer a la inmanencia.
Hay otra cuestión para consolidar la subordinación femenina y es el intercambio de mujeres tal como lo expone Levi-Strauss. Lerner se pregunta por qué mujeres y no hombres:
«Sería más fácil coaccionar a las mujeres, seguramente violándolas. Una vez casadas o cuando ya fueran madres, permanecerían leales a sus hijos y a los parientes de sus hijos, creándose de esta manera un vínculo potencialmente fuerte con la tribu de afiliación. Esta fue de hecho la manera en que históricamente se originó la esclavitud. Una vez más la función biológica de la mujer hacía que se pudiera adaptar más fácilmente a su papel de peón, una creación cultural».
El sistema patriarcal es creado, así como la subordinación de las mujeres. Y es esto último lo que ha hecho posible que ellas participen desde su “libre elección” para perpetuar un sistema que las oprime. Las mujeres han hecho posible que el patriarcado no sólo funcionase sino que se perpetuase a lo largo de los siglos convirtiéndose en un sistema universal y arraigado, que sigue gozando de buena salud en nuestros días. Pero, ¿realmente ellas eligieron ser el segundo sexo, cosificadas, intercambiadas y sometidas? Gerda Lerner lo explica en varias líneas:
«El sistema patriarcal solo puede funcionar gracias a la cooperación de las mujeres. Esta cooperación le viene avalada de varias maneras: la inculcación de los géneros; la privación de la enseñanza; la prohibición a las mujeres a que conozcan su propia historia; la división entre ellas al definir la “respetabilidad” y la “desviación” a partir de actividades sexuales, mediante la represión y la coerción total; por medio de la discriminación en el acceso a los recursos económicos y el poder político; y al recompensar con privilegios de clase a las mujeres que se conforman».
Así que también tenía razón Simone de Beauvoir cuando decía que «el opresor no sería tan fuerte si no tuviera cómplices entre los oprimidos». Por ello no se puede ser neutral ante una situación injusta como es que la mitad de la humanidad siga siendo subordinada por otra mitad que se erige como la parte opresora mientras elevan en cántico el “not all men”.
No obstante no se puede culpar a las mujeres de su propia esclavitud, pero sí advertirles de los mecanismos puestos en marcha por el sistema para conformarse, para creer que ellas son libres creyendo a su vez que depende de una misma porque ellas consiguieron resquebrajar un poco el techo de cristal, y dejar claro que el feminismo, como aseveró Gail Dines, no es algo individual de cada feminista donde la frase empiece por “Para mí el feminismo es…” o “Yo siempre he defendido un feminismo…”.
Una de las maneras en las que venía avalada la cooperación de las mujeres en el sistema patriarcal según Gerda Lerner fue la prohibición de que conocieran su propia historia y de ahí la importancia del feminismo y su conceptualización que nos hace saber de dónde venimos, cómo hemos sido oprimidas por nuestro sexo y lo necesario de una conciencia feminista que nos permita entender el proceso para subvertir el injusto orden establecido. Gerda Lerner de nuevo a propósito de la conciencia feminista:
«Defino conciencia feminista como el acto por el que las mujeres se percatan de que pertenecen a un grupo subordinado; de que como grupo soportan injusticias; de que su condición de subordinación no es natural, sino determinada socialmente; de que tienen que unirse a otras para remediar estas injusticias y, en definitiva, de que pueden y tienen que aportar una visión alternativa de organización social en la que tanto las mujeres como los hombres disfrutarían de su autonomía y su autodeterminación».
Podemos tener nuestra carrera y nuestro trabajo, pero la línea de meta va a estar siempre más lejos para las mujeres por todos los obstáculos que encontramos en el camino. Algunas conseguirán saltarlos con más esfuerzo y otras quedarán atrás. Y no olvidemos que la educación y el desarrollo de las profesiones no es un derecho conseguido a nivel planetario y que el feminismo es un internacionalismo. Cabría preguntarse cuántas mujeres llegan a los organismos de toma de decisiones; cuántas mujeres hay liderando los medios de comunicación, o en esos programas de prime time y no como accesorios; cuántas mujeres se encuentran desempeñando los mismos trabajos que los hombres; cuántas mujeres ocupan sillones en la RAE desde su creación; cuántas mujeres acceden a la cúpula del poder judicial a pesar de ser mayoría en el total de integrantes de la judicatura, cuántas mujeres rectoras se erigen como representantes de sus universidades, cuántas mujeres han pasado por la Secretaría de las Naciones Unidas o cuántas mujeres, por ejemplo, han sido premiadas por la Academia del cine español con el Goya a mejor dirección en cuarenta años. En todas estas categorías la respuesta es muy pocas salvo en el caso de ese organismo para el mantenimiento de la paz y la mediación de conflictos que desde 1946 ha contado con nueve secretarios y cero secretarias.
El feminismo va de que esos obstáculos desaparezcan cambiando la raíz de la estructura en la que se configuran y por eso cuando hablamos de un feminismo radical nos llaman extremistas, porque las mujeres siempre hemos sido unas histéricas y exageradas. El enfado es una emoción válida y más que justificada observando nuestra historia de opresión y la realidad de nuestro lugar en el mundo en pleno siglo XXI, donde nos siguen violentando, ninguneando y asesinando ante la mirada estrábica del Estado. Y frente a ello las feministas, con el enfado y la rabia conduciendo nuestro compromiso y nuestras acciones en un único feminismo que surgió en un momento determinado de la historia, que cuenta con un cuerpo teórico y una agenda feminista que es abolicionista y que tiene como objetivo la emancipación de las mujeres. Cierro con una definición de feminismo del diccionario ideológico feminista de Victoria Sau:
«El feminismo es un movimiento social y político que se inicia formalmente a finales del siglo XVIII y que supone la toma de conciencia de las mujeres como grupo o colectivo humano, de la opresión, dominación y explotación de que han sido y son objeto por parte del colectivo de varones en el seno del patriarcado bajo sus distintas fases históricas de modelo de producción, lo cual las mueve a la acción para la liberación de su sexo con todas las transformaciones de la sociedad que aquélla requiera».
