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Violación, una historia de amor

De Joyce Carol Oates

Ella se lo buscó. ¿Qué hacía allí a esas horas? ¿Por qué había sonreído mientras bailaba?

Teena Maguire se lo tenía merecido. Así empieza este relato imprescindible, con la acusación en el juicio hacia la víctima, una mujer de 35 años que en unas fiestas del 4 de julio de 1996 decidió ir por el lugar equivocado con su hija de doce años, atravesando un parque a altas horas de la madrugada, después de sonreír a algunos hombres, llevando ropa ajustada y con la melena alborotada. 

La cultura de la violación conforma un sistema que termina por sostener que la víctima de la violación es la responsable de su propia violación. 

Nombrar la cultura de la violación es un logro del movimiento feminista que en la década de los setenta contó con feministas radicales en Nueva York que empezaban a debatir acerca de la normalización de la violencia sexual, denunciando la culpabilización de las víctimas y por lo tanto su revictimización. 

La socióloga Kathleen Barry escribe en su libro Esclavitud sexual de la mujer acerca del paradigma de la violación:

“Se supone que la víctima de la violación debería escapar indemne a pesar de tener todo aplastantemente en contra: desde el fraude y el engaño, hasta la fuerza física y la violencia, la manipulación y el simple terror. Si no puede salvarse de la situación en que tiene lugar la violación, se supone que ha sido hasta cierto punto cómplice del ataque; en consecuencia, ya no se considera un ataque y ella no es verdaderamente una víctima. Su calidad de víctima queda probada o no según lo que valga su palabra, según los exámenes sobre su carácter, la castidad de su vida sexual pasada, su forma de vestir, la manera en que le brillan los ojos y la forma en que sonríe. Cada víctima de violación es tratada como una sociología completa de por qué los hombres hacen a las mujeres lo que les hacen. No es necesario tomar en cuenta ninguna otra explicación de las fuerzas sociales o del comportamiento masculino. Nada fuera de ella misma, ni siquiera su atacante, es la causa de la violación. Ese es el paradigma de la violación”.

La voz narradora le va hablando a Bethie, la hija de Teena. Y reconstruye capítulo a capítulo lo ocurrido, haciendo una radiografía del lugar, de la gente que conocía a Teena. Cuenta lo que pasó y muestra lo que vio esa niña de doce años que quizás no supo llamar violación a lo que esos hombres hicieron con su madre destrozándola y dejándola casi muerta en aquel cobertizo. 

Y esa voz que nos sirve de guía también va desvelando cómo se construye un falso relato para que el victimario salga impune y la víctima se lamente por haber sobrevivido. 

Las pruebas. Tienes que demostrar que tú eres la víctima.

Para el juicio son necesarios los testigos, los ojos que reconstruyan el escenario de lo vivido y las pruebas que verifiquen que lo que la víctima cuenta es verdad. ¿Cómo diferenciar una violación múltiple de un sexo pactado con dinero? Porque eso es lo que aseguraron los violadores y sus abogados, que les aconsejaron ir con una imagen pulida al juicio, vistiendo de manera muy parecida, escondiendo los tatuajes y cualquier sospecha de que eran unos delincuentes. ¿Por qué no basta lo que encontraron aquel policía y los sanitarios que salvaron la vida de la mujer violada? El agente John Dromoor fue el primero en llegar después de que una niña de doce años pidiera ayuda. Había estado en varias guerras, pero era la primera vez que presenciaba el escenario de una violación. Él conocía a la mujer que yacía allí tumbada y esto, junto a lo que vio, le haría involucrarse en la historia:

«Vieron a una mujer desnuda, la boca abierta, las piernas abiertas, en la postura implorante de la muerte. Apenas respiraba, la caja torácica se movía imperceptiblemente. Sangraba por las heridas de la cabeza, tenía la nariz rota y los labios partidos. Un charco de sangre negra, que manaba entre sus piernas, se extendía por debajo del cuerpo. Las uñas de las manos, antes pintadas de un rojo brillante y sofisticado, a juego con las uñas de los pies, estaban rotas y astilladas. Los párpados, entreabiertos; las pestañas, pringadas de lágrimas y mocos; el pelo, de un rubio entre dorado y cobrizo, con pegotes de sangre. En los senos, grandes y turgentes, que ahora caían casi aplastados contra su pecho, las manchas de sangre parecían unos tatuajes exóticos y bestiales».

Teena Maguire estuvo cinco días con un respirador, conectada a tubos intravenosos de la UCI, lamentando que no le hubieran metido un tiro en la cabeza. Despertó al sexto día. Y a partir de ahí volvió a vivir otra agresión, esta vez la que venía por parte de quienes cuestionaban su credibilidad, la de una defensa dispuesta a hacer lo que fuese para convencer al jurado de que ella lo buscó, que esos jóvenes se podían haber pasado un poco por las drogas, ya que al fin y al cabo estaban festejando un acontecimiento. Pero fue ella la que dio su consentimiento, la que se puso en peligro a sí misma y a su hija de doce años. Y para completar esta farsa el abogado contrataría un grupo de investigadores para arrojar fango a la víctima, para hacer que parezca que ella lo merecía. El juez mostraría camaradería con esa defensa y con los acusados para que ella quisiera abandonar la acusación. 

Casos reales. Cuando la justicia agrede a la víctima.

¿A qué nos suena esto? En España hemos vivido un caso muy mediático conocido como “la manada” donde una joven de 18 años fue violada por varios hombres en unas fiestas de los Sanfermines en julio de 2016. Se decía que ella se lo buscó, que ella se fue con ellos, que quería y que la violación grupal fue un encuentro de “actos sexuales en una situación de jolgorio y regocijo” en palabras del juez Ricardo González. Tuvieron que pasar tres años para que el Tribunal Supremo revocara la sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Navarra calificando los hechos como un delito continuado de violación.

En otro caso real del pasado, ante una situación de acoso sexual en el trabajo en 2001 Nevenka Fernández denunció a su jefe y alcalde de Ponferrada Ismael Álvarez. En el juicio la fiscalía, que debía juzgar al acusado, escenificó una situación de acoso institucional diciéndole a la víctima que por qué no se fue, por qué se quedó. 

Volviendo al libro, que recoge lo que ocurre en un caso de violación: «Ella no era la misma persona. Ni volvería a serlo nunca. Un daño profundo jamás se cura».

Para que haya una reparación deben ponerse en marcha mecanismos por el propio sistema para proteger a las víctimas, dejar de dudar de su palabra, desterrar datos que no importan más allá de que hay un atacante, o varios, que han cruzado los límites de la ética, del valor de la persona humana y del respeto por su integridad física. No importa la hora ni el lugar, tampoco si la víctima era atractiva o no, si bailaba o si sonreía. Lo que importa es que alguien la agredió física y moralmente hasta matarla aun dejándola con una tenue respiración. 

El relato de los medios. ¿Búsqueda de verdad o sensacionalismo?

Otra parte importante en el relato tiene que ver con los medios de comunicación. A menudo dejan de honrar la profesión periodística haciendo un tributo al sensacionalismo para centrarse en especulaciones, en el morbo, explotando una presunción de inocencia a costa de hundir a la víctima. Pasa cada día en las informaciones que consumimos a través de medios digitales, en papel, radio, y sobre todo, televisión; en esta última tienen cabida los programas que solo buscan incrementar el share y situarse como líderes de audiencia, a pesar de que el tratamiento de eso que cuentan sea deleznable.

En el libro cobra importancia la prensa: «El más sensacionalista de los periódicos locales publicó largas entrevistas con las madres de algunos de los “presuntos violadores” entre ellas la señora Pick, la señora DeLucca y la señora Haber. Una de aquellas entrevistas, arrancada del periódico y enganchada en tu taquilla del instituto, se titulaba: MADRE DESCONSOLADA JURA QUE DENUNCIARÁ A TEENA POR “DIFAMACIÓN”: Esa mujer ha arruinado la vida de mi hijo».

La fiscala intenta que Teena no se retire de la acusación, pero el daño se hace insoportable para alguien que ha vuelto a ser agredida en el juicio:

«La anciana le confesó sin rodeos que su hija Martine ya no era una mujer sana. Ni de cuerpo ni de mente. Y no solo por culpa de esos bestias, sino también porque ustedes la destrozaron en el juzgado».

No sólo la han destrozado a ella sino también a su hija de doce años que como se recoge en las líneas del libro vivirá en el después, siempre en el después sin poder recuperar esos días antes de que un grupo de hombres de su entorno cercenara las vidas de ella y de su madre. Unos hombres que lamentaron dejarlas como testigos y que pretendían salir de allí con buena reputación y libre de cargos para seguir como si nada hubiera pasado. Quizás lo positivo de esta desgarradora narración es cómo acaban. Al menos nos quedamos con la posible calma de las víctimas.

Sobrevivir a la violencia sexual. La reparación.

¿Qué significa sobrevivir cuando no se hace justicia? La víctima sigue con vida pero cada día revive la agresión: «Ese mismo día, después de la audiencia, se derrumbó, sufrió una crisis nerviosa y tuvieron que hospitalizarla por agotamiento. Le diagnosticaron anemia. Le diagnosticaron una grave depresión. Le diagnosticaron tendencias suicidas. Le prescribieron un régimen de antidepresivos que, pasadas unas semanas, se negó a tomar. Acudió a psicólogos, a consejeros para los casos de violación, pero lo dejó pronto. Estaba tan cansada que no podía ducharse ni lavarse el pelo. No quería ver a las amigas del instituto. Incluso dejó de hablar por teléfono con Ray Casey. A veces se negaba a ver a su propia madre, con la que vivía en la casa de Baltic Avenue».

¿Qué significa sobrevivir cuando se hace justicia? Que tu palabra tiene credibilidad, que creen el relato de lo que has vivido, que eso tan terrible que te ha pasado importa, importa al sistema, importa a la sociedad. Que harán lo posible para que no te sientas sola, para que puedas recuperar un poco del aliento que te sostenía antes de la agresión. Que tu vida tiene valor y que no lo tenías merecido porque no es tu culpa. No hiciste nada malo y no eres responsable de los hechos. Los culpables son ellos y están pagando por su crimen. 

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